
Era una magnífica tarde de invierno, mientras disfrutaba del maligno invento humano, llamado Internet, cuando mi celular sonó, para darme cuenta de que era un inusual mensaje de mi amigo Azael, informándome que su bebé por fin había visto luz.
Exaltada, y con una gran sonrisa dibujada en mi siempre desganado rostro, me levanté de la silla colocada frente a la computadora del escritorio ubicado en mi recámara; y rápidamente, me recogí el cabello, me enjuagué la cara y me puse unos jeans limpios dejando la misma playera rojiza que traía desde muy temprano. Tomé una bufanda negra, los converse negros y salí disparada en dirección al hospital.
El tráfico enloquecedor me ponía aún más nerviosa dentro del mal oliente camión. Durante el lento viaje, trataba de imaginar el dulce rostro del nuevo ser humano que hoy era bienvenido a nuestro andrajoso mundo. “Quizás tenga los ojos azules como Azael…” pensé. Mi amigo siempre fue atractivo, y su ahora esposa, desde el primer momento en que la vi, me ha parecido una mujer hermosa. Así que comencé a dibujar un angelical niño de tez pálida, ojos verde-azules, labios pronunciados, y cabello rizado de un color rubio o castaño claro brillante.
Entorpecida por el calor, buscaba no pasarme la calle donde debía bajarme. Según recordaba bien, el camión debería dejarme justo frente al hospital, así que no habría pierde.
Y así fue, pedí la parada y de pronto me encontraba delante de la gran puerta de cristal que debía cruzar para ingresar al antiguo hospital San Hamburg Toledo. Golpee mi frente con la palma de mi mano, al percatarme de que había dejado el regalo que había comprado para el nuevo bebé. No era mucho, pero había gastado parte de mis ahorros en distintos detallitos como camisitas, juguetes, calcetines, mamelucos, una cobija y un pequeño suéter. Todo lo acomodé en una canasta, adornándolo con papel picado de color azul y blanco y ciertas figuritas hechas con foami en forma de angelitos y un gran letrero que decía “Felicidades”.
Pero bueno, podría ir cualquier día a casa de Azael para llevarle mi ahora abandonado regalo. Entonces, me acerqué a la recepcionista y pregunté por el área de maternidad. Me di cuenta de que estaba hablando muy rápido, mis nervios estaban agarrotando mi lengua. De verdad sentía mucha felicidad corriendo por mis venas al saber que mi amigo por fin había logrado conseguir lo que con tanta amor añoraba ya desde hace años.
Caminé hacia adentro, y luego giré a la izquierda como me indicaron. Recorrí un largo pasillo y me topé con unas enormes escaleras que yo sabía debía subir. Por un momento, me sentí extraviada, era un hospital muy grande y con varios pasillos. Pero los letreros eran los suficientemente claros para poder llegar a mi destino en algún momento.
Respiré aliviada al pasar por enfrente del cuarto con los cuneros. Me detuve de golpe a observar a los bebés. La mayoría estaba durmiendo. Transmitían mucha paz y una angelical tranquilidad. No pude evitar sonreír y quedarme pegada al cristal como tonta. Eso, hasta que una mirada penetrante me hizo salir del trance. Era una enfermera que me miraba con curiosidad, casi a punto de reír. Me sonrojé, agaché la cabeza y seguí mi camino… Pude escuchar una dulce risa a lo lejos, casi inmuta, pero no me molestó, sólo me hizo enrojecer aún más.
Por fin llegué al área donde estaban los cuartos. Todas las puertas con carteles que enunciaban la hora, nombre, peso y medida de los recién nacidos. Como era de esperarse, no recordé en ese instante cuál era la habitación donde se encontraba Azael. Así que saqué mi celular y comencé a buscar en la bandeja de entrada, un mensaje ya de hace unos días donde mi amigo me decía el número de cuarto.
Era el 206. Me paré frente a la puerta. El cartel decía “Natanael Novoa Do Carmo, 15:33, 2.755 Kg, 56 Cm. “Natanael…” repetí en mi mente. Ese nombre siempre le ha gustado a Azza, “debe encontrarse muy feliz”, pensé.
Toqué la puerta, “adelante” se escuchó desde dentro de la habitación. Lentamente giré la perilla, y primero asomé la cabeza. Azael estaba cargando al bebé, de pie, dando vueltas por todo el lugar, sonriéndole y diciéndole cosas lindas y cursis que jamás habría pensado escuchar salir de la boca de mi mejor amigo.
Primero me acerqué a Andrea, la esposa de Azael. Le toqué la mejilla y le dije “Muchas felicidades, hermosa.” Ella, aún cansada por la operación, la cual fue una cesárea previamente programada, me respondió con una tierna sonrisa, dejando al descubierto sus adorables hoyuelos que perfeccionaban su inigualable sonrisa.
Entonces me di la vuelta, y Azael y yo nos miramos. No pude disimular mi emoción y de un salto ya estaba a menos de 10 cm de distancia de él. “Felicidades, sonzo.” Y estiró sus brazos y me entregó a Natanael. Nunca he sabido cargar niños, así que me puse temblorosa y comencé a sonreír llena de nervios. “No seas tonta, es sólo un bebé, abrázalo…” y eso hice. Fue una sensación bellísima. El pequeño bebé dormía, o al menos eso creía. Porque de pronto abrió un poco los ojos, y en efecto, eran tan azules como los había imaginado en mi cabeza. Acaricié su carita, “Hola pequeño, qué guapo eres.”, le dije en tono suave. Su cabello era de color chocolate, sólo acerté en el brillo, pero al menos no me equivoqué en el sorprendente parecido de Natanael con su padre. Y además, era de esperarse, son una pareja como de telenovela donde ellos son los protagonistas. Ya saben, agradables y obscenamente atractivos a la vista. Así que se tornaba imposible el hecho de que su hijo no tuviese las mismas características.
Estuve jugueteando y tarareando para Natanael por un buen rato. Después de pasearme por toda la habitación, una y otra vez, entonces me senté en uno de los sillones de la pequeña sala que se encontraba a mitad del cuarto. Elegí el que me dejaba de frente a la ventana. Yo podía observar las calles y la encantadora puesta del sol. Me sentía muy bien.
Para mi sorpresa, el silencio nos invadió de repente. Curiosa, volteé hacia atrás, y me di cuenta de que la feliz pareja dormían tranquilamente. Andrea en su cama, y Azael en una silla a lado de su mujer, sosteniéndole la mano con la suya. Me pareció una escena muy bella. Así que me puse de pie y seguí paseando con Natanael, y finalmente lo dejé en su cunita.
Me senté de nueva cuenta en el enorme sillón, el ambiente estaba invadido de paz. Casi me quedé dormida, pero Azza me despertó tocando mi hombro. “Hey, Ann’ disculpa que me haya quedado dormido… estamos muy cansados.” Me dijo con su lindo rostro apenado. “Tranquilo, me fascina estar aquí, contigo, de todos modos.” Se sentó a mi lado y recostó su cabeza sobre mi hombro. Me parece que nos quedamos dormidos durante sólo unos segundos, pues Andrea llamó a mi amigo. “Amor… podrías ayudarme a levantar, por favor” “Claro, mi amor…” y Azael se puso de pie rápidamente. Él se acercó a ella, y la levantó dulcemente de su cama y la llevó hasta el baño. “Gracias, mi cielo” ella respondió. Él sólo la miró y sonrió. Debo aceptar que eso era más que suficiente.
Yo me quedé sentada, mirando el ahora oscuro cielo, adornado con un poco de estrellas. Me acomodé y volví a dormir.
Comencé a soñar, estaba en el mismo hospital, pero yo me encontraba en la cama, vestida con un camisón blanco y muchos arreglos florales y globos a mi al rededor. Pero no eran azules, todo era rosa… y las letras en los globos formaban la oración “Felicidades! Fue Niña”, confundida, traté de levantarme de la cama, pero una voz me detuvo y me dijo “no lo hagas Ann’, podrías lastimarte…”, volteé pero no había nadie. Y en un parpadeo, tenía un bebé entre mis brazos… era una niña, hermosa, de piel canela, cabello ondulado y castaño oscuro. Unos pequeños labios rosados y unas cejas perfectamente delineadas… Abrió los ojos y me miró fijamente. Casi podría jurar que ese bebé me sonrió como si fuese un niño de más edad. “Esos ojos… esa mirada” pensé, “los he visto antes, ¿dónde los he visto?”
En otro parpadeo, mis amigos rodeaban mi cama y no dejaban de felicitarme. Todos mencionaban lo felices que se encontraban, que era un sueño hecho realidad que por fin yo tuviera en mis manos a Victoria.
Cuando escuché ese nombre, todo se volvió oscuro, y a mi lado apareció… él. Sosteniendo a mi bebé, a mi Victoria. Sonreía dulcemente, y acariciaba la cabecita de la niña mientras le decía lo mucho que la amaba, tanto como a su mamá.
No pude moverme, me quedé paralizada, con los ojos abiertos como plato y cristalizados por la increíble cantidad de lágrimas que obstruían mi vista. Parpadeé de nuevo, y yo veía desde arriba una escena que desde hace mucho tiempo luché por borrar. Estábamos Él… y yo, tirados sobre el pasto de un parque que amábamos visitar, dibujando figuras con las nubes y riendo de torpes comentarios como solíamos hacerlo. Hasta que Él, se levantó un poco quedando recargado sobre su codo y ante brazo, con su cara hacia mí, entonces escuché que decía… “Te imaginas… ¿juntos tú y yo para siempre? Imagina nuestra hija Victoria corriendo por este parque… nuestros cuatro perros cuidándola mientras disfrutamos de un picnic… para luego irnos a casa, ver TV y quedarnos dormidos abrazados…”
Comencé a llorar, caí de golpe en el pasto y la escena desapareció. Un sinfín de imágenes empezaron a atacar mi cabeza. Recuerdos sepultados salían profanando las tumbas que con tanto trabajo creé. Mil ideas, proyectos, sonrisas, llantos, experiencias… todo lo que había vivido con Él.
Entonces desperté, mi corazón estaba tan alterado que lo escuchaba rezumbar en mis oídos. Mis mejillas estaban empapadas de lágrimas y casi no podía moverme… Me limpié los rastros de dolor y me puse de pie. Cabizbaja, caminé hacia la pareja, que se encontraba en la cama, Andrea abrazando a Natanael, y Azael envolviéndolos con sus brazos… no pude más. “Debo irme Azza, he recordado un pendiente y no puedo quedarme más…” mientras hablaba, caminaba hacia la puerta. “¿Estás bien, Ann’?”; “Sí, muchas felicidades, Natanael es un ángel… Nos vemos mañana”, cerré la puerta y me fui.
Seguí llorando durante el trayecto hacia la salida, mis ojos empapados entorpecieron mi caminar, y caí por las escaleras… no me quise levantar. Era imposible detener mi llanto, mi corazón estaba retorciéndose. No sabía qué estaba pasando, ya estaba bien. “No lo entiendo… ya te había olvidado…” pensaba mientras golpeaba mi cabeza contra el escalón… “se supone que ya no estás más dentro de mí, por qué estoy llorando de esta manera… quizás… sólo quizás porque toda mi vida estaba planeada junto a ti… mis hijos… mi hogar, mi carrera, mis sueños… en todo estabas tú… ahora sólo hay nada…”, de pronto sentí que alguien me tocó. Era la misma enfermera que con anterioridad me había visto pegada al cristal que daba a los cuneros.
“¿Estás bien?” Me preguntó en tono de preocupación. Apenada, otra vez, quise reincorporarme y sequé un poco mis ojos. “No, no lo estoy”. “¿Quisieras contarme…?” Me dijo de modo que, sabía que no sólo era por curiosidad, realmente quería escucharme. Intenté quedar de pie, pero caí de un sentón en el escalón, y preferí quedarme sentada. Ella se puso a mi lado.
“Hace unos años…” Comencé. “… conocí a un hombre; un niño en realidad. Era de tez morena clara, ojos grandes y profundos, oscuros… no muy alto, delgado pero con buena masa muscular. Su cabello era largo, enmarañado a la vista, pero era muy suave y de color negro. Usaba anteojos, mismos que no se alcanzaban a percibir por ese enorme arbusto de cabellos que llevaba sobre su frente. Y debajo, unas cejas hermosas y alineadas que a cualquier mujer nos causaba envidia. Era reservado, serio, pero con una diminuta sonrisa encantadora.
Lo vi por primera vez en la universidad, ahí estaba él, cabizbajo, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, vistiendo una sudadera negra y cargando una enorme mochila en la cual supuse llevaba su laptop. Fue un encuentro irrelevante, desapercibido, ni siquiera pude recordar su nombre camino a casa…
Los siguientes días, sólo lo veía a él, sólo estaba él. En el pasillo, en la mesa de la cafetería, en el jardín… Y yo sólo disfrutaba de su compañía. Cierta vez caminamos bajo la lluvia y nos detuvimos en un parque cercano a mi casa y nos columpiamos mientras platicábamos hasta finalizar el día. Y entonces me acompañó a mi hogar. Después, me di cuenta, estaba enamorada.
Fueron sólo dos semanas para que diéramos un paso más allá de la amistad, yo enloquecí de alegría. Comencé a sentirme como una niña de quince o trece años que recién tiene un novio y no sabe cómo comportarse. Cohibida, tímida, feliz. Debo decir que fueron los años más maravillosos de toda mi triste existencia…” empecé a llorar al terminar la frase. La enfermera sólo me miraba con atención y sostenía una sonrisa de apoyo mientras tocaba suavemente mi espalda. “Tranquila, si quieres seguir… te escucho.” Sonreí, y respiré lentamente para recobrar el aliento.

“Pasamos por muchas cosas…” proseguí. “… tuvimos de todo: alegrías, llanto, peleas, discusiones, diversión, intimidad… pero sobre todo amor. Mucho amor. Éramos casi una pareja perfecta, de hecho, decidimos planear un futuro… pensamos en el nombre de nuestros hijos, la cantidad e imaginábamos tontamente lo que haríamos junto a ellos. Pensamos en mascotas, una casa, viajes, irnos lejos de aquí. Pero sobre todo el énfasis en “nuestra Victoria”, la niña que sería nuestra princesa, nuestra hija adorada. Es más, en una ocasión yo creí estar embarazada, y en vez de asustarnos y preocuparnos por lo que pensarían nuestros padres, dado a lo jóvenes que aún éramos, nos alegramos y comenzamos a fantasear una vida a lado de nuestro bebé. Lamentablemente, todo fue una falsa ilusión, y ambos nos entristecimos al saber la respuesta negativa de mi supuesto embarazo.
Como verás, yo no podía imaginar mi vida a lado de ningún otro ser humano. Con él… yo estaba completa, podía pasar una mañana a lado de él, tirada sobre la cama, abrazados viendo televisión… o una tarde paseando por un parque hablando de sandeces o corriendo en el estacionamiento de un centro comercial…” reí un poco. Esa anécdota en específico, en ese estacionamiento siempre me ha parecido divertida y linda. Casi caí sobre mi cara, pero gracias al equilibrio que nunca supe de dónde salió, evité la feroz caída.
“Pasaron dos años, dos magníficos años, de igual forma… lleno de todo. Entonces, se llegó un fin de semana. Tuvimos una fuerte discusión, tan fuerte que creímos que hasta ahí había llegado todo. Ni siquiera puedo recordar con exactitud qué fue lo que inició dicha pelea, sólo, para mi lamento, puedo mencionar que yo fui la que comenzó… Él salió muy enojado de mi casa yo, por mi parte, ante la gran furia que corría por mis venas, decidí quedarme, no lo seguí ni supe más de él hasta el día siguiente, pese que ambos teníamos un acuerdo de que… por muy enojados que estuviéramos, no dormiríamos sin hablar. Pero como él no me llamó, yo tampoco hice intento alguno para contactarlo.
A la mañana siguiente, aún enojada, traté de llamarlo varias veces al celular. Pero no hubo respuesta alguna. Quise marcarle a su radio, a casa de sus abuelos y dos o tres amigos que tenemos en común, pero nadie supo decirme de su paradero.
Pasaron las horas y comencé a enloquecer, pero de coraje. Pensé en mil y un cosas malas sobre él, pensé… en dejarlo y no volver a estar con él nunca más. Mi cabeza estuvo aborreciéndolo durante todo ese tiempo, hasta que sonó el teléfono de mi casa. Corrí furiosa a contestar, algo me decía que sería él…

… me desmayé, no pude asimilar, en medio del parálisis que había ocasionado la noticia que me dieron vía telefónica. Ni siquiera pude distinguir la voz, sólo escuché las palabras “está muerto… los policías que lo encontraron dicen que una banda de delincuentes, trataron de robarle sus pertenencias a unas cuadras de la avenida principal cercana a su casa, y en el forcejeo, una navaja atravesó su pecho y en minutos murió.” Cuando desperté, comencé a hiperventilar, no pude detener la exagerada exaltación producida en esos momentos, quise levantarme y a rastras pude llegar a la cocina. Quería morir en ese preciso instante. Le marqué a Azael, mi mejor amigo, apenas si pudo escucharme cuando simplemente colgué el teléfono y volví a caer al suelo. Entonces, minutos después, desperté y salí corriendo a casa de sus abuelos. Corrí, literalmente corrí por las calles, llorando, rezando porque todo fuese un malentendido… tomé mi celular y marqué a sus padres. Su padre me contestó, frío… triste. Sólo pudo decirme que lo sentía mucho, que él también estaba destrozado.
Entonces volví a caer. Llorando, acurrucada entre mis brazos, de pronto me encontraba a la mitad de la calle sin saber qué hacer o decir… mi celular comenzó a sonar, y era mi hermano. No pude contestarle al instante, pero él estaba preocupado pues había dejado un desastre en las escaleras y además había olvidado cerrar la puerta. Entre gritos y lamentos, le dije dónde me encontraba… y fue por mí.
Ansioso, me levantó bruscamente del suelo, le había molestado bastante el encontrarme tirada a media calle llorando y él sin saber por qué. Cuando me sostuvo de los hombros, yo no podía hablar. Mi mirada estaba perdida y mi corazón ya había dejado de latir. No quería saber nada, no podía pensar más, mis piernas no respondían… de mi boca simplemente pude decir “y todo fue por mi culpa… de no haberlo lastimado, no habría salido de esa manera de mi casa a esas horas de la noche…” Mi hermano, confuso, me sacudió varias veces, pero yo no paraba de decir “es mi culpa”, y entonces volví a desmayarme.
Desperté sobre mi cama, con mi madre, hermano y Azael alrededor de mí. Ninguno decía nada, sólo me miraban con alivio y sobre todo mamá… pero comencé a llorar de nuevo. Todos salieron de mi habitación y me dejaron llorar hasta que no pude más y caí en un profundo sueño mortal… duré así varios días, hasta que tuve que pararme de la cama para asistir al funeral.
Ha sido lo más difícil que he hecho en años. Su familia, triste, loca de amargura… abrazados y vestidos de negro, llorando alrededor del ataúd que guardaba el cuerpo frío de Él. Flores, silencio, personas desconocidas bebiendo café… y yo, parada frente al cajón, no me atreví a acercarme más durante horas, hasta que Azael me dio un empujón y entonces pude verlo.
Estaba tan tranquilo, como si estuviera durmiendo. Aún se podían apreciar sus perfectas cejas y el cabello, ahora más corto, enmarañado como siempre. Puedo jurar que estaba sonriendo, yo podía sentir su alegría a través del cristal. Me quedé mirándolo otro par de horas, sin hablar… casi sin respirar. Azael estuvo a mi lado hasta altas horas de la madrugada, me acompañó al entierro donde enloquecí una vez más. Nadie podía detener mi estruendoso lagrimeo y palabras de culpa que no podía callar… mi hermano llegó y me abrazó fuertemente contra su pecho, me detuvo por un instante, pero perdí fuerzas y me desvanecí. Me llevaron a casa y me recostaron, sólo dormí…

Día tras día intenté levantarme, pero sólo quería morir… sólo quería llorar. Comencé a volverme irritable, triste. Caí en una depresión tremenda, todos estaban cansados de mi comportamiento… tanto, que optaron por no decirme nada más. Mis amigos me dejaron de buscar, mi familia sólo me visitaba en la habitación de vez en cuando sólo para que no dejara de comer. Azael dejó de buscarme un tiempo sólo porque mi mal humor cierto día hizo que lo corriera groseramente de mi casa…
Después, todo fue peor. En menos de seis meses intenté suicidarme tres veces, todas ellas fallidas, sin razón alguna lógica. Lo intenté con medicamentos en exceso, navajas en mis venas y una cuerda en mi cuello, pero nada funcionó. Las tres veces mi hermano llegó a tiempo salvándome la vida y regañándome furioso y yo sin despertar. Sólo era un zombie.

Mi madre decidió buscar ayuda para sacarme de la depresión. Como era de esperarse, terminé frente a un psiquiatra y más de once psicólogos. Lo único que puedo decir que me ayudó, fue el medicamento anti-depresivo que comenzaron a administrarme. Partiendo de ahí, empecé a resucitar. Regresé a la escuela que en esos meses dejé, busqué a mis amigos y me disculpé más de un millar de veces con mi familia y con Azael.
Me cansé de llorar, me cansé de sufrir por un fantasma… por algo que, aunque yo me sigo culpando, sé que no regresará jamás. JAMÁS ni en un millón de años…”
“Entonces…” la enfermera me interrumpió. ” ¿Ahora ya te encuentras mejor… no?” “Se puede decir que sí” le respondí. “Conforme fueron pasando los años, y con apoyo de todos los seres queridos que no me abandonaron, salí adelante. De hecho, hasta empecé a salir con otros hombres. Cosa… que no dio mucho resultado, nunca estoy bien cuando tengo pareja. Siempre me encuentro vacía, inconforme. Pero al fin y al cabo, me convertí en algo más que un zombie. Regresaron las fiestas, borracheras, como ya lo dije… hombres, estudio, una vida. Pero sigo estando vacía… han pasado años y sigo vacía, muy vacía.”

“No es correcto que te sientas así…” Me dijo ella en tono regañón. “Para empezar, deberías dejar de sentir culpa, lo hecho, hecho está y eso no cambiará nunca. Él que te hayas equivocado, o el que la vida te haya arrebatado algo que no te correspondía, no justifica el gran vacío que ahora estás sintiendo. Es mentira que has salido adelante, yo percibo que sigues donde mismo. No retomaste tu vida, sigues perdida en los proyectos a largo plazo que habías planeado junto a él… Y por más frío que suene, debes entender que eso ya no pasará. Tienes que “resetearte”, comenzar a pensar en que la vida sigue y que tu futuro lo estás creando de nuevo. No es necesaria la existencia de alguien más para que tú puedas caminar, respirar, disfrutar o vivir… Sé que lo amaste mucho, o que quizás lo sigues amando. Pero eso no es malo, está bien sentir amor en nuestro corazón, pero no has dejado que se vaya ni él, ni la culpa que sientes día a día. Perdónate, linda, respira y date cuenta de que es lo único que te falta. Él ya está en otro lado, él también tuvo sus errores así como tú, pero su alma está ya en otro mundo. Tú sigues viva, aún tienes la opción de ser feliz, de poder estar con alguien más. Alguien que no llene tu vacío, alguien que llegue cuando ya estés completa… porque ese vacío sólo lo llenarás tú y nadie más…”
La enfermera tenía tanta razón, no me había perdonado del todo. Siempre seguí torturándome al pensar en que todo fue mi culpa. Y que, aunque así haya sido, debo seguir… no puedo continuar hundida entre tanta melancolía. Rodeada de mucha gente pero aun así sintiéndome sola, incompleta.
“Es cierto todo lo que me acabas de decir… y te lo agradezco.” le dije con una media sonrisa. “He sido tan tonta, y lo peor… es que sé que puedo dejar de lamentarme en cualquier momento. Pero así soy, me gusta el drama, me gusta lastimarme y prefiero pasármela llorando en vez de reír o disfrutar… sé qué debo hacer, y lo haré, juro que lo haré…”
Ella me puso de pie y me llevó hasta un pasillo donde se encontraba Azael recargado y con un rostro de preocupación y angustia, que mi corazón sucumbió y sólo corrí a abrazarlo. “¿Estás bien, pequeña?” me preguntó al oído. “Creo que lo estaré… ella me ha dicho cosas muy ciertas…” señalé hacia donde se encontraba la enfermera. “¿A.. quién?” Me dijo Azael sorprendido. “Preciosa, llevas horas hablando sola en las escaleras, estuve escuchando un rato pero después me puse un poco nervioso y decidí dejarte continuar y me vine para acá… pensé que sería una buena terapia.” Mis ojos estaban tan abiertos del susto y miedo que corría por todo mi cuerpo que comencé a tartamudear…. “No estaba hablando sola! Estaba hablando con una enfermera muy hermosa! Su piel era de tez muy clara, sus ojos negros y cabello rubio largo y lacio adornado con su gorrito del uniforme…” Dije espantada. “Tranquila Ann’, quizás necesitabas ayuda de más arriba y así te la enviaron, como una bella mujer…” rió entre dientes.
“No juegues Azael, yo no creo en esas cosas…” dije molesta, alejándome de él. “Creas o no, yo sí. Y verás que después de lo que has escuchado, tus depresiones comenzarán a disminuir. Al parecer arriba se han dado cuenta de que a nosotros no nos escuchas. Date cuenta de que respiras por ti misma, de que sonríes por ti misma… que no lo necesitas y que además no estás sola. Déjate amar, pero también ama. Y verás que ese vacío va a desaparecer…”
Abracé a mi mejor amigo y entonces regresé a casa.
Desde entonces, no he vuelto a llorar. Fue un tanto impactante el pensar en la desesperación de allá arriba al verme tan deshecha… Mi corazón aún no ha vuelto a latir ni a sentir ese calor que alguna vez llegó a sentir… pero esta vez, si estaba tratando de seguir adelante, tratando de ponerme de pie cada mañana pensando en que mi nueva vida me necesita y no puedo abandonarla…
Sí, lo extraño mucho. Pero no volverá… Y sé que ahora que me he perdonado, lo he dejado descansar, y que aunque lo ame en demasía, sé que me amo más yo y que detendré esa manía por lastimarme estúpidamente, cuando sé que ser feliz siempre ha sido tan fácil…
y ahora más, que también sé, que un ángel muy hermoso me ha dado su mano para poder continuar…
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